24 de Octubre 2003

Hora de Visitas.

        El celador me abre la puerta del pabellón y le pregunto que como puedo encontrar su habitación. Se encoge de hombros y me dice que busque. Así que camino por ese pasillo eterno y no miro a los ojos a nadie para no tener que distinguir a enfermos de visitantes. Un tipo joven de pijama azul que me ve desorientado se ofrece a ayudarme. Tardo un rato en darme cuenta de que es un enfermo y no un enfermero, y recuerdo al 7 de Rayuela y muera el perro.
        La habitación está vacía, alguien me dice que debe estar en la sala de terapias. Esta vez me aseguro de preguntar a una enfermera y me siento incómodo, demasiado engominado y demasiado perfumado y demasiado puesto con mi abrigo de cuero colgando del brazo mientras la sigo de vuelta por el pasillo.
        La sala de terapias es la única habitación luminosa. Cuando entro una mujer se me agarra del brazo con fuerza y le dice a la enfermera "éste es bueno, que bendición". Me frota el brazo y repite "si, éste es bueno, mira que peinadito va" mientras mira torvamente a tres que fuman en una esquina y que ni son buenos ni están repeinados.
        El está de espaldas cuando le veo. Escucha una radio de bolsillo. Y todo es como en el cine, sólo que aquí no están el Jefe ni McMurphy, pero el sol que entra por la ventana enrejada y calienta mis manos sobre la mesa y la sensación de que en esa habitación de conversaciones susurradas faltan cosas y sobran sillas es igual que en las películas. Hablamos.
        Acaba la hora de las visitas justo en el momento en que no puedo soportar más mirando esos ojos castaños de transilium, acuosos y vacíos.
        En la puerta están despidiéndose dos mujeres que antes hablaban en la sala de terapia. No puedo saber cual es la que se queda y cual la que se va hasta que una dice "fíjate, yo debería estar en traumatología, no aquí". El celador echa el cerrojo detrás de mi ("no me gusta tenerla abierta más que lo imprescindible") y adios-buenas-tardes.
        Después, bajo un sol helado que ya no se filtra por una ventana enrejada, sigo sin poder distinguir a los enfermos de los sanos mientras me cruzo con ellos por la acera.

Posted by P. at 24 de Octubre 2003 a las 04:48 PM
Comments

En algún rincón, un vestigio del reino olvidado. En alguna muerte violenta, el castigo por haberse acordado del reino. En alguna risa, en alguna lagrima, la sobrevivencia del reino. En el fondo no parece que el hombre acabe por matar al hombre. Se le va a escapar, le va a agarrar el timón de la maquina electrónica, del cohete sideral, le va a hacer una zancadilla y después que le echen un galgo. Se puede matar todo menos la nostalgia del reino, la llevamos en el color de los ojos, en cada amor, en todo lo que profundamente atormenta y desata y engaña. Wishful thinking, quizá; pero esa es otra definición posible del bípedo implume.

Posted by: volviendo a la carga on 24 de Octubre 2003 a las 08:11 PM

Espeluznante

Posted by: fatalidad on 27 de Octubre 2003 a las 09:37 AM
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