24 de Abril 2003

P. y Sobredosis de Cafeína.

        Todos los que tienen la desgracia de tratar con P. le han oído decir eso de "el café a mi no me afecta". Presume de que se lo echaban en el biberón de pequeño, que tiene unas glándulas que destilan cafeína, que podría esnifarse un saco de café molido e incluso a Juan Valdés y su burro si se tercia. Todos le han visto tomarse cafés solos a las tres de la madrugada y dormir después como un bebe (de metro noventa).

        Pues bien, P. se cansó de escupir el café de su casa (que como saben, amables lectores, siempre tiene un adorable gusto a rayos) y desde hace dos o tres semanas sólo lo había tomado en cafeterías. Dosis pequeñas para superar el mono. En cambio hoy, a lo largo del día, se ha metido entre pecho y espalda unos seis cafés solos y dos tés. Eso y ningún alimento.
        Y todo habría terminado así (colorín, colorado) si no fuese porque P. ha empezado a sentirse extraño a eso de las nueve de la noche. Primero, hablando sin parar durante una hora seguida a toda velocidad y gesticulando desaforadamente. Después, devorando en tan solo tres paradas de metro un libro de poesías de Azua y otro de Sam Shepard, leyendo una línea de cada diez y pasando las páginas con violencia. Sentado en el vagón, le tiemblan las piernas y debe tener un gesto tenso porque cuatro rumanos que van a su lado le miran preocupados, todos ojos azules muy abiertos.
        (Inciso: en el andén, esperando, suena Boys Don’t Cry en las pantallas del canal del metro de fondo para un reportaje sobre accidentes automovilísticos, y a P. le hace mucha gracia escuchar a Tito Smith cantar que los niños no lloran viendo a un motorista retorcerse de dolor sobre la carretera con aspecto de haberse partido todas las costillas)
        En la cola del autobús enciende dos o tres cigarros y no acaba ninguno, pasea arriba y abajo, tararea y, una vez dentro, tamborilea los dedos contra la ventanilla marcando un ritmo de drum’n’bass y menea el trasero en el asiento como si tuviese una ardilla metida en la ropa interior. Se baja completamente acelerado, castañeando los dientes, y decide que aunque sean las once de la noche piensa llamar a quien sea para irse de copas hasta que amanezca. En lugar de sacarinas han debido echarle anfetas.
        A las cuatro de la mañana sigue con los ojos como platos, le duelen las piernas por no parar de moverlas, tiene los dedos crispados y se cronometra escribiendo ésto. Damas, caballeros, que alguien le pare.

Posted by P. at 24 de Abril 2003 a las 04:03 AM
Comments

Hay instituciones que se dedican al tratamiento de ese mal que te afecta, que, por ser un mal real debe ser un mal moral. Entre ellas destaca el Instituto Rios para el Tratamiento de la Adicción a La Cafeina, creado en 1946 por un grupo de científicos milagrosamente huidos de la justicia internacional y cuyos anteriores proyectos incluían extraordinarios avances en el tratamiento de la excesiva sudoración de Herman Goering cuando vestía de pastorcilla albanesa. El Instituto Rios tiene un cien por cien de éxito en sus tratamientos, como acredita un extenso cementerio anexo al ala principal. Puede consultar su página web en www.torah.com/criminaleslibres/España/InstitutoRios


P.S.- Lamento nutrirme de sus excelentes aportaciones, Sr. P. Pero ya sabe que la soledad del corredor de fondo lleva a la necesidad de vampirizar el ingenio ajeno. Bueno, lleva a eso o a Milan Kundera. Y a estas alturas, sinceramente, no se que puede ser peor.

Posted by: Horne Fisher on 25 de Abril 2003 a las 09:41 AM




Posted by: Roge on 25 de Abril 2003 a las 08:29 PM

Demonios, Señor Roge: qué detallazo. Me he emocionado. Lloraría si no estuviese tan borracho.

Posted by: P. on 26 de Abril 2003 a las 06:35 AM
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